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viernes, 26 de junio de 2015

Hoy leemos…

Ya, por fin... de vacaciones, con las notas finales en el bolsillo y... Al margen de todo, tiempo libre, horas para el sueño, convivir con los amigos, la piscina o la playa, y por qué no: un buen libro.
Y ahora no tenemos excusa, Don Quijote de la Mancha, por primera vez en un castellano actual, vamos de ese que se entiende y del que podemos disfrutar.
Un buen regalo para los que les gustan los libros divertidos y de aventuras...


Don Quijote de la Mancha

Puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello


Sinopsis

 Andrés Trapiello, escritor y experto en Cervantes, nos sorprende con una ambiciosa edición de uno de los mayores hitos de la literatura universal: el Quijote. Coincidiendo con el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, Trapiello ha adaptado el texto íntegro de esta obra imprescindible al castellano que hablamos hoy en día. Bajo el título Don Quijote de La Mancha. Puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello, este libro pretende acercar las aventuras de don Quijote y Sancho Panza a todos los lectores para que puedan disfrutar de ellas sin la dificultad que puede suponer leerlas en el castellano de cuatrocientos años atrás.

En el prólogo a esta edición, Mario Vargas Llosa, escritor galardonado con el premio Nobel de Literatura, afirma: «En la versión de Trapiello la obra de Cervantes se ha rejuvenecido y actualizado […] sin dejar de ser ella misma, poniéndose al alcance de muchos lectores a los que el esfuerzo de consultar las eruditas notas a pie de página o los vocabularios antiguos, disuadían de leer la novela de Cervantes de principio a fin. Ahora podrán hacerlo, disfrutar de ella y, acaso, sentirse incitados a enfrentarse, con mejores armas intelectuales, al texto original». 











Ficha técnica
Fecha de publicación: 02/06/2015
1040 páginas
Idioma: Español
Formato: 12,5 x 20,5 cm.
Presentación: Tapa dura con sobrecubierta
Colección: Áncora & Delfin




PRIMERA PARTE
DEL INGENIOSO HIDALGO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Capítulo primero
Que trata de la condición Y costumbres del famoso
Y valiente hidalgo Don Quijote de la Mancha
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,
vivía no hace mucho un hidalgo de los de lanza ya en olvido, es -
cudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor. Consumían tres partes
de su hacienda una olla con algo más de vaca que carnero, ropa
vieja casi todas las noches, huevos con torrez nos los sábados, lente -
jas los viernes y algún palomino de añadi dura los domingos. El
resto de ella lo concluían un sayo de velarte negro y, para las fiestas,
calzas de terciopelo con sus pantuflos a juego, honrándose
entre semana con un traje pardo de lo más fino.
Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta y una sobri -
na que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y cuadra que
lo mismo ensillaba el rocín que tomaba la podadera. Frisaba la
edad de nuestro hidalgo los cincuenta años. Era de complexión
recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo
de la caza. Algunos dicen que tenía el sobrenombre de Quijada,
o Quesada, que en esto hay alguna discrepancia entre los autores
que escriben de este caso, aunque por conjeturas verosímiles
se deja entender que se llamaba Quijana. Pero esto importa poco
a nuestro cuento: basta que en la narración de él no se salga un
punto de la verdad.
Conviene también saber que este hidalgo del que hablamos, los
ratos que estaba ocioso –que eran los más del año–, se daba a
leer libros de caballerías con tanta afición y gusto que olvidó casi
por completo el ejercicio de la caza y aun la administración de
su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que
vendió muchas fanegas de tierra de labor para comprar libros
de caballerías que leer, y así, llevó a su casa todos los que pudo
encontrar; y de todos, ninguno le parecía tan bien como los que
escribió el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa
y aquellas intrincadas frases suyas le parecían de perlas, y más
cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos,
donde hallaba escrito en muchos pasajes: «La razón de la sinrazón
que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece,
que con razón me quejo de la vuestra fermosura». O cuando leía:
«Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas
os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que
merece la vuestra grandeza...».
Con estas disquisiciones perdía el pobre caballero el juicio, y se
desvelaba por entenderlas y desentrañarles el sentido, que ni el
mismo Aristóteles se lo habría sacado ni las habría entendido, si
hubiera resucitado sólo para eso. Tampoco llevaba muy bien las
heridas que daba y recibía don Belianís, porque se figuraba que,
por grandes médicos que le hubiesen curado, no dejaría de tener
el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo,
alababa en su autor el haber acabado su libro con la promesa
de concluir aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino
el deseo de tomar la pluma y darle fin al pie de la letra como allí se
promete; y sin duda alguna lo habría hecho, y aun lo habría conseguido,
si otros mayores y continuos pensamientos no se lo hubiesen
estorbado.
Porfió muchas veces con el cura de su pueblo –que era hombre
docto, graduado en Sigüenza– sobre cuál había sido el mejor
caballero: Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; pero maese
Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba a
la altura del Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar,
ese era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque
tenía muy adecuada condición para todo, pues no era caballero
melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la
valentía tampoco le iba a la zaga.

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